Bien es sabido que las fechas de caducidad de los productos y alimentos que los consumidores adquieren cada día pueden llegar a generar cierta confusión. La situación no está del todo clara y las fechas de consumo preferente y de caducidad definitiva tienden a confundirse. Por su faltara poco para el enredo total del consumidor, en muchas ocasiones resulta que las fechas que aparecen impresas no son del todo correctas.

Todos conocemos casos de gente que trabaja en empresas de alimentos y que cuentan los entresijos de funcionamiento, es decir, casos en los que vuelven a la compañía alimentos presuntamente cumplidos, a los que no se les tributa otro tratamiento que el simple cambio de fecha de caducidad en la tapa o envase; de ello se deriva que el alimento o no iba quedar maltrecho después de esa o no está ahora apto para el consumo al haber rebasado el límite que se fijaba en primera instancia.

Todo es confuso en este tema y son muchos los intereses económicos que entran en juego. A veces no se sabe si el fabricante está indicando al consumidor que la fecha definitiva impresa se refiere al momento en que el producto deja de ser óptimo o al instante en que ya no se puede consumir bajo ningún concepto porque podría ser perjudicial para el organismo humano.

Para más inri, la terrible crisis económica y la pobreza creciente de la ciudadanía se enfrenta a tener que tirar alimentos en buen estado con motivo del siempre peliagudo tema de las fechas de caducidad.

Consumidor, ojo, que no te tomen el pelo. Además, hay productos que siempre estarán en buen estado hasta que los consumas y que, por tanto, no tienen caducidad; este es el caso de la miel, la sal, el vinagre blanco, el arroz, el extracto de vainilla puro, la harina de maíz, las legumbres, el azúcar, el café instantáneo, el sirope de arce o los licores fuertes.